En un lejano reino, había una familia de campesinos que habitaba en los bordes de un bosque que se decía encantado. Un día muy temprano, como era habitual, los dos hijos pequeños le dijeron a sus padres que iban al bosque a hacer sus tareas y recoger madera. Estos les recordaron que tuvieran cuidado de no ir a la parte profunda del bosque y que extremaran las precauciones con los duendes, si oían algo extraño debían regresar a casa inmediatamente.

 Una vez la madera recogida y todas las tareas realizadas, emprendieron la marcha de regreso a casa. Por el camino unos silbidos procedentes del bosque llamaron su atención. Los niños, que ya estaban prevenidos de la presencia de duendecillos traviesos en la zona, apresuraron su marcha. Pero los silbidos chistaban cada vez más cerca, en ese momento el hermano mayor se percató de que su querido hermanito pequeño no le estaba siguiendo, este se había caído y se estaba levantando muy muy lentamente.

Duendecillo desconfiado

Como buen hermano mayor, se dio la vuelta para ayudar a su hermanito. A la vuelta de un gran árbol lo vio, pasmado mirando el borde del camino: uno de esos seres estaba allí. Des del margen del camino el duendecillo chillo:

– ¡¿Qué hacéis en nuestro bosque y robando mis ramas? !

Los niños se miraros atónitos, siempre les habían contado historias horribles sobre aquellas criaturas, pero esta no parecía para nada peligrosa. Se trataba de un hombrecillo menudo, de cara afable y larga barba, con una especie de traje hecho con hojas y un trozo de tela por sobrero.

– ¡Devolvedme mis palos canallas! – chillo el duende, esta vez más fuerte y exaltado.

Los chicos hicieron lo que el pequeño ser les dijo, le entregaron todas las ramas que les había costado todo el día recoger. El duende se tranquilizó, apenas podía sostener las ramas rodeándolas con sus bracitos. A continuación, los arrojo al suelo, cogió uno de ellos, un buen bastón del tamaño del duende, y les dijo:

– Veo que sois gente de bien, debió de tratarse todo de un malentendido, esta rama formaba parte de un árbol sagrado, tened mucho cuidado con los arboles de los que recogéis leña, algunos tienen propietarios. ¿Tenéis algún dulce?

Los niños perplejos, negaron con la cabeza al unísono.

–  Es una lastima, iba a daros algo a cambio relamente bueno.

Acto seguido el duende se dio media vuelta y desapareció entre el espesor de la vegetación.

Cuando los niños regresaron a casa y contaron a los padres lo ocurrido, estos se estremecieron. Su madre se echó a llorar y casi se desvanece. Su padre les dijo:

–  Hijos míos, no sabéis la suerte que habéis tenido, muchos son los niños que jamás regresaron de la parte profunda del boque. ¿Por qué os adentrasteis allí, sabéis que lo tenéis prohibido?

El hijo mayor le contestó:

– No papá, nunca jamás te desobedeceríamos, el duende vino porque toquemos su árbol. Cuando le devolvimos la gruesa rama de un árbol enorme con una forma muy extraña, el duende nos dejó en paz. ¡Todo fue por tocar aquel árbol!

El incidente quedo así y nadie volvió a mencionar el tema, con el tiempo los hermanos estudiaron y se acercaron a estos seres y llegaron a comprenderlos y poder utilizar los poderes mágicos de estos seres en favor de la gente del pueblo, que nunca más tubo que temer de que sus hijos desaparecieran en el bosque.